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NO PUEDES CONTROLAR LA VIDA, PERO SÍ PUEDES DECIDIR CÓMO VIVIRLA

31 ago
7 min de lectura

El verdadero poder comienza cuando dejamos de pelear con lo inevitable y empezamos a hacernos responsables de nuestras decisiones*


*Por Bernardo García*


Durante muchos años he escuchado a personas decir: “Quiero recuperar el control de mi vida”.


Y entiendo perfectamente lo que quieren expresar.


Queremos sentir que sabemos hacia dónde vamos. Queremos tener cierta seguridad sobre nuestro futuro. Queremos que nuestros hijos estén bien, que nuestra relación funcione, que el negocio prospere, que la salud nos acompañe y que nuestros planes salgan como los imaginamos.


Pero con los años he aprendido algo que considero fundamental:


*Tomar el control de tu vida no significa controlar todo lo que sucede en ella.*


Porque eso, sencillamente, es imposible.


No podemos controlar el comportamiento de los demás. No podemos evitar todas las pérdidas. No podemos garantizar que una persona permanezca a nuestro lado. No podemos controlar la economía, el paso del tiempo, una llamada inesperada, una decepción o todas las circunstancias que mañana pueden cambiar nuestros planes.


Y quizá una de las grandes fuentes de frustración del ser humano aparece precisamente cuando intentamos controlar aquello que nunca estuvo bajo nuestro control.


La psicología ha estudiado durante décadas nuestra necesidad de sentir que tenemos capacidad de elección y cierta influencia sobre nuestro entorno. La investigación ha relacionado esa percepción de control con el bienestar, y también sabemos que sentir que perdemos el control puede convertirse en una fuente importante de estrés.


Pero aquí existe una diferencia enorme:


*Una cosa es tener control sobre nuestras decisiones y otra muy distinta pretender tener control sobre la vida.*


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## *Hay batallas que nos cansan porque nunca nos correspondió pelearlas*


¿Cuánta energía hemos perdido intentando cambiar a otra persona?


¿Cuántas noches hemos pasado pensando en algo que todavía no sucede?


¿Cuántas veces hemos querido controlar lo que nuestros hijos piensan, lo que nuestra pareja decide, lo que otros dicen de nosotros o incluso la manera en que alguien debería querernos?


Queremos controlar tanto porque pensamos que el control nos dará tranquilidad.


Pero algunas veces sucede exactamente lo contrario.


Cuanto más intentamos asegurarnos de que nada salga mal, más conscientes nos volvemos de todas las cosas que podrían salir mal.


Y terminamos viviendo pendientes del mañana mientras dejamos escapar el único día que realmente tenemos: *hoy*.


Harvard Health señala precisamente que una estrategia útil frente a la incertidumbre consiste en dirigir nuestra atención hacia aquello sobre lo que sí podemos actuar, establecer límites saludables y aprender a aceptar que siempre existirán elementos inciertos en nuestra vida.


Aceptar esto no significa rendirse.


Significa dejar de desperdiciar fuerzas.


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## *Controlar no es lo mismo que decidir*


Imagina por un momento que estás conduciendo por una carretera.


Tú tienes el volante.


Puedes decidir la velocidad. Puedes cambiar de carril. Puedes detenerte. Puedes tomar una salida diferente.


Pero no puedes controlar que comience a llover.


No puedes controlar el automóvil que viene detrás.


No puedes impedir que aparezca una construcción kilómetros adelante.


Tener el volante no significa tener control sobre toda la carretera.


*Significa tener responsabilidad sobre la manera en que conduces.*


Para mí, algo parecido ocurre con nuestra vida.


La autonomía personal ha sido descrita en la filosofía como una forma de autogobierno: la capacidad de vivir y elegir de acuerdo con razones, valores y motivaciones que reconocemos como propias, en lugar de ser simplemente dirigidos por fuerzas externas.


Ahí encuentro una enseñanza profundamente humana.


Tal vez el verdadero control no consiste en ordenar al mundo que se comporte como queremos.


Consiste en aprender a gobernarnos a nosotros mismos cuando el mundo no lo hace.


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## *Entre lo que sucede y lo que decides hacer*


Hay momentos que ninguno de nosotros elegiría.


Una separación.


La pérdida de un empleo.


Un fracaso.


Una traición.


Un problema económico.


Un hijo que toma un camino diferente al que imaginábamos.


Un proyecto que no funciona.


Una puerta que se cierra.


No siempre decidimos qué llega a nuestra vida.


Pero después del impacto inicial aparece una pregunta que puede cambiar nuestra historia:


*¿Qué voy a hacer ahora?*


Quizá no puedas cambiar lo sucedido, pero puedes decidir si vas a permanecer detenido ahí para siempre.


Quizá alguien te lastimó y no puedes borrar lo ocurrido, pero puedes decidir cuánto espacio seguirá ocupando esa experiencia en tu presente.


Quizá cometiste un error hace diez años. No puedes regresar para evitarlo, pero sí puedes decidir qué clase de persona vas a ser después de haber aprendido de él.


Quizá una puerta se cerró.


Entonces tendrás que decidir si vas a pasar el resto de tu vida golpeándola o comenzarás a buscar otra.


Ahí comienza nuestra responsabilidad.


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## *No tomes todas tus decisiones desde el miedo*


Existe otra razón por la que debemos aprender a detenernos antes de decidir.


Cuando estamos bajo una presión intensa, nuestra forma de evaluar alternativas puede cambiar. Un metaanálisis de 32 conjuntos de datos, con 1,829 participantes, encontró que el estrés puede influir en las decisiones tomadas bajo incertidumbre, asociándose en promedio con elecciones más orientadas a la recompensa, al riesgo y potencialmente más desventajosas.


Por eso hay momentos en los que la decisión más sabia no es decidir inmediatamente.


Respira.


Escucha.


Busca información.


Pregunta.


Duerme una noche.


Habla con alguien en quien confías.


Y después vuelve a preguntarte:


*¿Estoy tomando esta decisión porque realmente la considero correcta o porque tengo miedo?*


No toda urgencia requiere una respuesta inmediata.


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## *La vida que tienes también está hecha de pequeñas decisiones*


Cuando hablamos de cambiar nuestra vida pensamos en decisiones gigantescas.


Cambiar de trabajo.


Terminar una relación.


Comenzar un negocio.


Mudarnos.


Empezar nuevamente.


Pero nuestra historia también se construye con decisiones mucho más pequeñas.


Decidir levantarte cuando preferirías quedarte acostado.


Decidir ahorrar un poco en lugar de gastarlo todo.


Decidir leer.


Decidir cuidar tu cuerpo.


Decidir pedir perdón.


Decidir dejar de discutir por todo.


Decidir llamar a tus padres.


Decidir escuchar a tus hijos.


Decidir dejar el teléfono unos minutos y mirar a la persona que tienes enfrente.


Decidir no responder desde el enojo.


Decidir intentarlo nuevamente.


Parece poco.


Hasta que repetimos esas decisiones durante cinco, diez o veinte años.


Entonces descubrimos que aquello que llamábamos “pequeñas decisiones” terminó convirtiéndose en nuestra vida.


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## *También decidir significa aceptar consecuencias*


Hay algo de lo que hablamos poco.


Queremos libertad para decidir, pero no siempre queremos responsabilidad por las consecuencias.


Y ambas caminan juntas.


Ser dueño de nuestras decisiones también significa aprender a decir:


*“Esto lo elegí yo.”*


No para castigarnos.


Para aprender.


Habrá decisiones maravillosas y habrá otras que, vistas con el tiempo, hubiéramos tomado de manera diferente.


Eso también es vivir.


Madurar no significa acertar siempre.


Significa desarrollar la capacidad de observar nuestras elecciones, asumirlas, aprender de ellas y corregir el rumbo cuando sea necesario.


La filosofía de la autonomía está precisamente relacionada con esa idea de autogobierno, reflexión y responsabilidad sobre nuestras propias elecciones.


Cambiar de opinión después de aprender algo nuevo no siempre es inconsistencia.


A veces es crecimiento.


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## *Hay decisiones que también consisten en soltar*


Tal vez hoy necesitas tomar una decisión diferente.


Dejar de perseguir la aprobación de todos.


Dejar de tratar de convencer a quien ya decidió no escucharte.


Dejar de cargar culpas que llevan años acompañándote.


Dejar de compararte.


Dejar de preguntarte constantemente qué pensarán los demás.


Dejar de esperar el momento perfecto.


Dejar de querer controlar a tu pareja, a tus hijos, a tus amigos o a las personas que trabajan contigo.


Porque también existe una libertad enorme cuando comprendemos que los demás tienen derecho a tomar sus propias decisiones.


Podemos orientar.


Podemos conversar.


Podemos poner límites.


Podemos expresar nuestra opinión.


Pero no podemos vivir la vida de otra persona.


Y tampoco deberíamos entregarles a los demás el volante de la nuestra.


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## *Pregúntate qué sí depende de ti*


Cuando la vida se vuelva confusa, quiero proponerte un ejercicio sencillo.


Antes de desesperarte, pregúntate:


*¿Qué parte de esta situación sí depende de mí?*


Tal vez no puedas controlar si alguien te acepta, pero puedes decidir ser auténtico.


No puedes controlar completamente el futuro de tus hijos, pero puedes decidir estar presente hoy.


No puedes controlar todas las circunstancias económicas, pero puedes revisar tus hábitos financieros.


No puedes obligar a alguien a amarte, pero puedes decidir no abandonar tu dignidad para conseguir amor.


No puedes evitar que existan problemas, pero puedes trabajar en desarrollar mejores herramientas para enfrentarlos.


No puedes controlar lo que alguien diga de ti, pero puedes decidir cuánto poder vas a concederle a esas palabras.


Y quizá no puedas cambiar ayer.


Pero *hoy todavía está en tus manos*.


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## *La paz no siempre llega cuando todo está resuelto*


A veces pensamos:


“Cuando resuelva esto, estaré tranquilo.”


“Cuando tenga más dinero, disfrutaré.”


“Cuando mis hijos estén bien, descansaré.”


“Cuando termine este problema, comenzaré a vivir.”


Y así vamos posponiendo nuestra tranquilidad.


Pero después de un problema normalmente llega otro desafío, otra preocupación, otra responsabilidad.


La vida nunca nos entrega un documento diciendo:


*“Todo está resuelto. Ahora sí puedes vivir.”*


Tenemos que aprender a vivir mientras resolvemos.


A disfrutar mientras construimos.


A agradecer mientras esperamos.


A tener esperanza mientras todavía existen preguntas.


Aceptar la incertidumbre no significa asumir que algo malo ocurrirá; simplemente significa reconocer que todavía no conocemos el resultado. Esa aceptación puede aprenderse y practicarse.


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## *Hoy vuelve a tomar el volante*


Si sientes que has perdido el control de tu vida, quizá no necesites resolverlo todo hoy.


Empieza por una decisión.


Una.


La que tienes enfrente.


Pregúntate:


*¿Qué necesito dejar de intentar controlar?*


*¿Qué sí está en mis manos?*


*¿Qué decisión llevo demasiado tiempo posponiendo?*


*¿Estoy actuando desde mis valores o solamente reaccionando desde el miedo?*


*¿La decisión que estoy tomando me acerca o me aleja de la persona que quiero llegar a ser?*


No necesitas conocer toda la carretera para comenzar a conducir.


Necesitas saber cuál es tu siguiente movimiento.


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## *No eres dueño de todo lo que ocurre, pero sigues siendo participante de tu historia*


A estas alturas de mi vida he comprendido que vivir no consiste en conseguir que todo suceda de acuerdo con nuestros planes.


La vida cambia.


Las personas cambian.


Nosotros cambiamos.


Llegarán cosas que celebraremos y otras que jamás hubiéramos pedido.


Habrá días en los que tendremos respuestas y otros en los que solamente tendremos fe para continuar caminando.


Pero mientras tengamos la posibilidad de elegir nuestra actitud, revisar nuestras decisiones, aprender, corregir y volver a intentarlo, todavía existe un espacio que nos pertenece.


Ese espacio es nuestra responsabilidad.


Ese espacio es nuestra libertad.


Ese espacio es nuestra decisión.


Así que deja de exigirle a la vida que te entregue el control absoluto para comenzar a vivir.


*No puedes controlar todo lo que sucede.*


Pero puedes aprender a tomar mejores decisiones frente a lo que sucede.


Y muchas veces, una nueva vida no comienza cuando finalmente controlamos todas nuestras circunstancias.


*Comienza el día en que decidimos hacernos responsables de aquello que sí está en nuestras manos.*


*Bernardo García*


 
 
 

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